Es curioso cómo en general creemos que la soledad solo puede aparecer cuando estamos solos, pero es una experiencia común el sentirnos solo estando en pareja, quedando constantemente con gente, hablando todo el día con alguien o incluso durmiendo al lado de una persona.
Porque hay una gran brecha entre estar acompañado y sentir conexión con alguien, al final no hay mayor soledad que estar al lado de una persona que sentimos emocionalmente lejos.
Ahora bien, además de sentirnos solos porque nos sintamos desconectados emocionalmente de la otra persona, también nos da muchísimo miedo encontrarnos con nosotros mismos cuando ya no hay ruido, distracciones o personas ocupando todo el espacio.
Así hace que muchos de nosotros no solos busquemos amor, compañía o algún vínculo sino también buscar una forma de no sentir vacío angustia o desconexión interna.
De hecho, hay algo interesante en cómo funciona nuestro cerebro cuando nos quedamos a solas.
Existe una red neuronal llamada Defaul Mode NetWork o red neuronal por defecto que se activa cuando dejamos de estar distraídos, ocupados o centrados en hacer algo. Cuando nos paramos y la mente puede hacer introspección (conectar con el adentro), el cerebro comienza a recordar, a preocuparse, a conectar con tus heridas, con tus culpas, conversaciones pendientes, con el miedo al futuro o la sensación de vacío.
Por eso muchas personas sentimos tanta incomodidad en el silencio o en la soledad. Porque quedarnos a solas implica, en general, tener que enfrentarnos a aquello que normalmente tratamos de evitar a toda costa.
Y desde ahí, muchas veces buscamos pareja, ruido, estímulos o un contacto constante no solo por esa necesidad de conexión que nos representa como personas, sino porque además nos cuesta sostener esta red neuronal por defecto que aparece cuando estamos en silencio.
Quería explicar antes la razón neurológica que hay detrás para que podamos entender y tener más en consideración por qué muchos de nosotros podemos estar solos y sentir ese descanso para el alma y por qué en otros de nosotros se activa tanta ansiedad, sensación de abandono o miedo.
Aprovecho para comentar, esta red neuronal por defecto se activa especialmente en personas que hemos podido crecer sintiendo que los vínculos a nuestro alrededor eran inestables, impredecibles o que estaban condicionados a algo (por ejemplo, a aprobar o suspender un examen o a portarse bien en casa).
Y es que, cuando hemos crecido en este tipo de vínculos, la soledad deja de verse como algo temporal y empieza a ser una confirmación de las ideas que hemos integrado sobre cómo funcionan los vínculos: nadie va a estar, no soy importante, me van a dejar…
Y muchas de las conductas más patológicas o ansiosas que hacemos empiezan a girar alrededor de evitar esa sensación.
Muchas veces no evitamos la soledad de una manera consciente, sino que desarrollamos maneras de no encontrarnos con ella.
Como por ejemplo:
Hay relaciones que no solo cumplen su función afectiva, sino que también tienen una función reguladora.
Es decir, nos ayudan a tapar momentáneamente ciertas emociones que nos resultan difíciles de sostener como el vacío, miedo, inseguridad, sensación de no ser suficiente, la desconexión o la angustia.
Por eso, muchas personas sentimos muchísimo malestar cuando una relación termina, incluso aunque racionalmente supiéramos que no era algo sano para nosotros. Y es que, perder el vínculo con esa persona implica también perder aquello que nos ayudaba a no contactar con ciertas emociones.
Es importante entender que aprender a estar solo no significa aislarte forzosamente o dejar de crear vínculos. Sino que, buscamos que nuestro bienestar no dependa exclusivamente de que haya otra persona llenando el vacío.
Así que, lamentablemente nos toca el camino largo, que es la consciencia, la responsabilidad y el autocuidado:
Y es que, no quiero que te quedes con la idea de que el problema es necesitar a los demás, porque a mi modo de ver el problema es cuando sentimos que, sin ellos dejamos de existir emocionalmente o nos angustiamos enormemente porque conectemos con su ausencia.
Porque entonces la soledad deja de ser una ausencia de compañía para volverse una dificultad de sostenernos a nosotros mismos cuando nadie ocupa el espacio.